‘Las Alas de la Paloma’ Henry James y un triángulo amoroso irrevocablemente destinado a perder.

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El 28 de febrero se cumplirán 105 años de la muerte de Henry James, autor prolífico y fascinante, narrador incansable e indagador de la psique y el comportamiento de la aristocracia social de finales del XIX y principios del XX; también uno de los escritores cuyas obras más veces han sido llevadas a la gran pantalla. De entre todas las adaptaciones cinematográficas es justo destacar la que -en mi opinión- muestra de manera más sobresaliente ese mundo jamesiano encerrado en el seno de un círculo social concreto y cuyos ideales y dilemas adoptan y sufren sus pertenecientes.

Se trata de una de las grandes novelas tardías de Henry James, Las Alas de la Paloma (The Wings of the Dove), dirigida en 1997 por el británico Iain Softley sobre un guión de Hossein Amini. Una extraordinaria adaptación cinematográfica -desgraciadamente casi desapercibida en su momento por el público español- que explora, como ninguna otra hasta la fecha, la complejidad psicológica del universo sofisticado y tortuoso en el que el autor neoyorquino más londinense desarrolló su obra. Una historia dolorosa de secretos inconfesables, de sentimientos contradictorios, un triángulo amoroso y oscuro que alberga matices tan diversos como el amoroso, el pasional, el económico o el romántico. La tristeza y el vacío laberíntico de la ansiedad y la pasión reprimida.

Kate Croy (Helena Bonham Carter), una hermosa joven acogida por su tía rica (Charlotte Rampling), perteneciente a la alta sociedad inglesa, se enamora del hombre equivocado, Merton Densher (Linus Roache), un modesto periodista lejos económica y socialmente del mundo al que ahora ella pertenece y a cuyo noviazgo la tía se niega amenazando con dejar de protegerla. Kate ama a Merton, pero también las ventajas y placeres que su tía y lo que le rodea le ofrecen. Durante una cena conoce a Milly (Alison Elliott), una joven americana huérfana e inmensamente rica con la que hará amistad. Poco tiempo después, al enterarse de que su rica amiga Milly guarda en secreto que está desahuciada por los médicos y que le quedan pocos meses de vida, Kate creerá haber encontrado la solución a sus desdichas amorosas urdiendo un plan perfecto, hacer que su novio enamore a la rica heredera y se case con ella, de tal modo que cuando enviude herede su fortuna, y así su posición y economía ya no supongan un estorbo para poder estar juntos.

Esta magnífica película transmite sin duda el ambiente de la novela de James, ese universo apoyado en la reconocida sintaxis que adorna cualquier rincón de la novela y que aquí, como por arte de magia, es referida y sentida sobre todo en los silencios -silencios inteligentes, engañosos y quebradizos a veces-, que ponen de manifiesto la fragilidad humana, la sospecha y la violencia emocional de una historia sobre el dinero, el amor, el sexo y la muerte, compartimentos vitales donde la gente, no importa de dónde, se asombra al comprender lo lejos que puede llegar al sentirse, si no dentro, sí muy cerca de ellos. «Aunque no contestes mi carta, te ruego que la leas, una y otra vez. Cada vez que ella te mire, cada vez que te sonría, no olvides que yo te quiero más».

Llevan Softley y Amini toda la narración de James a la imagen, en un drama cuyas pasiones no se apoyan aquí en los largos y abundantes diálogos del autor y que, sin embargo, logra expresarlo todo de una manera u otra. Porque esta historia cinematográfica de amor engañoso encuentra su verdadero diálogo, paradójicamente, en el monólogo, el monólogo interior de unos personajes que conversan con sus rostros sobre todo aquello a lo que tarde o temprano tendrán que enfrentarse, aunque sea a un acto tan innoble como aquél del que se espera beneficio.

El guión, la planificación y las excelentes y británicas interpretaciones nos conducen a resultados enormes (inmensa Helena Bonham Carter mucho antes de su redescubrimiento en la exitosa serie The Crown) Todos los aspectos técnicos producen un trabajo de inestimable calidad, la magnífica cinematografía de Eduardo Serra, el asombroso juego de contraste y color o de localizaciones, bajo la luz o la lluvia, de un Londres frío y una Venecia incontestablemente bella, jugando a prestar sensaciones más allá de la mera hermosura, implicándose en las actitudes, las sensaciones y los sentimientos de los personajes, rayando, a veces, la genialidad. A todo ello contribuye un vestuario espléndido, un hermoso montaje y una música perfecta de Edward Shearmur.

Una aventura psicológica sobre la sensibilidad y los valores morales, una elegante, intensa y franca historia de pasiones que a veces se acerca a lo intenso del género negro, tal y como su predecesora literaria tocó, a menudo en su estructura, lo que sería más tarde la novela negra. Un drama donde la tristeza empieza y acaba impregnándolo todo, sobre la que sobrevuela una sutil pero certera y feroz crítica a una sociedad a punto de desaparecer, anticipando cuantas catástrofes habrá que padecer para que suceda.

Y allí, en medio, el triángulo amoroso irrevocablemente destinado a perder, suspendido entre las apariencias y el doble discurso. Culpables a quienes únicamente les puede salvar imaginar, cuando el corazón está roto, deshecho en su interior «… ojalá tuviesen las alas de una paloma, para poder desplegarlas y volar. Solo así descansarían».

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