‘El sirviente’ Un drama perturbador, una historia negra, corrosiva y de extraña belleza.

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Hoy quiero detenerme en una película, cargada de tensión moral y sexual, en torno a un aristócrata pueril y su ambiguo y manipulador ayudante, interpretado por un Dirk Bogarde que no nos permite despegarnos de la pantalla. Un desestabilizador y comprometido drama de clase, una historia negra y corrosiva de extraña y punzante belleza: ‘El sirviente’, presentada en 1963 por el norteamericano marxista Joseph Losey durante su autoexilio en Europa.

Sinceramente, podríamos ahorrarnos las mil y pico palabras que puede que recorran este artículo, proponiendo dos frases que a mi entender serán, casi con seguridad, las más certeras del mismo: «Simplemente tienen que verla» y «Será imposible que se arrepientan».

Pero se supone que tratamos de atraparlos, de alguna forma, con el fin de que recuperen y desempolven su vena cinéfila, practicando la mirada circunstante, depurada, a veces dormida en los cajones de la memoria, del descubrimiento fortuito en otras ocasiones.

Así pues, vayamos a ello. Ésta de hoy se titula El sirviente (The servant), de 1963. Realizada por el norteamericano y marxista Joseph Losey durante su autoexilio europeo en Gran Bretaña, fruto de la implacable Lista Negra en los años sesenta en EE UU. De la mano de otro de los dorados izquierdistas de la época, el dramaturgo y guionista Harold Pinter, Losey adapta la novela del mismo título, escrita por Robin Maugham y publicada en 1948. En ella nos veremos inmersos en una historia que va más allá de las relaciones, bastante más allá, incluso, de la complejidad que dichas relaciones suponen, practicando una suerte de autopsia, tan minuciosa como inabarcable, de los complejos movimientos a los que el individuo y la sociedad, los pensamientos y las actitudes se enfrentaban en aquellos transitorios años. Si se trata de algo nuevo o de una vuelta de tuerca más en la rueda imparable y concéntrica de la historia, lo dejamos al libre albedrío, ya que siempre podrán encontrar ciertas semejanzas con los tiempos que vivimos y que auguran los venideros.

La historia trata sobre Tony y Barret, sobre sus aspiraciones y desidias, sus mundos enfrentados y sin embargo en extremo necesitados. Sobre la evolución, el cambio y la amargura, sobre el enfrentamiento despiadado, quizás necesario, de manera que dicha evolución suponga algo más, es posible que un cambio. Tony (James Fox), un aristócrata pueril que acaba de regresar de África, con sueños especulativos respecto al Viejo Continente, contrata a Barrett (Dirk Bogarde) como su sirviente. Barrett le ayudará a decorar y poner en orden la casa en el centro de Londres donde ambos vivirán, mostrando un carácter amable y atento que oculta una ambigüedad maliciosa. Susan (Wendy Craig), la novia de Tony, no ve con buenos ojos la relación de dependencia y falta de intimidad que se está produciendo entre los dos hombres y teme alguna catástrofe en su relación con Tony debido a la influencia que el sirviente ejerce en su novio. Si ya la tensión moral y sexual ha alterado el orden establecido, las cosas acabarán inclinándose aún más con la llegada a la casa de la supuesta hermana de Barret, Vera (Sarah Miles), que como un huracán de ingenuidad postiza azotará la vida de Tony con consecuencias impredecibles.


Ya desde la primera secuencia en la que el sirviente entra en la casa de su futuro señor, apenas sin llamar y lo encuentra dormido, bajo el halo de desidia que ofrecen los muros desnudos y algo húmedos que le rodean, la simple observación de Barret de todo aquel escenario, nos adelanta magistralmente el desestabilizador drama de clase, cargado de tensión sexual que contemplaremos durante casi dos horas.

Dos hombres que se imaginan ser el paladín de su clase, dos hombres al frente de una batalla de símbolos y creencias contrapuestas, mucho más cercanos entre sí de lo que quisieran. Y frente a ellos, o más bien a su lado, dos mujeres que conforman con mayor claridad el miedo y las necesidades que sus varones creen poseer: Susan con su acertada sospecha de las intenciones de la clase trabajadora y la usurpación de su existencia ya en decadencia, y Vera, la criada joven y tan carnal como interesada, imagen profunda de una juventud trabajadora que empuja hacia el abismo los roles sociales y sexuales pasados, consciente plenamente de la victoria segura sobre las costumbres establecidas por la minoría privilegiada. Consciente de la igualdad que bajo las costumbres aristocrático-burguesas se esconde, de los intereses oscuros y los deseos encerrados que los igualan.

El Sirviente es una disección psicológica abrumadora y refinada que se muestra bajo la fórmula aparente de un thriller y que consigue mantener un equilibrio también casi perfecto entre dos significados, el literal y el metafórico. Mezcla hermosa y desoladora entre la belleza formal de sus imágenes y el despiadado ensayo sobre sus caracteres, que deshace sin piedad la credibilidad de los códigos bajo los que se esconde disfrazada la inseguridad del falso moralismo.


La espléndida fotografía de Douglas Slocombe, que abraza una puesta en escena de elegancia fría e hipnotizadora sobre un tablero de claroscuros, de ojos de pez que deformando muestran la verdad escondida bajo una aparente realidad, es digna de admiración. Cada gesto, cada movimiento de la cámara y de la acción entre los actores, parece estar medido al milímetro para expresarse con ambigüedad, con engaño y malicia, consiguiendo en ocasiones poner los pelos de punta y el estómago al borde de la angustia, tal como en la escena en la que, jugando al escondite, Barrett susurra con voz y gesto cercano a la locura a un Tony escondido e indefenso: «¡Usted tiene un sucio secreto que esconder, le van a descubrir!». Una suerte de metamorfosis revelada tras una fachada de cartón piedra a punto de ser derribada.

Magistral como de costumbre, Dick Bogarde, secundado de magníficos partenaires, cuya acción envuelve una certera banda sonora de John Dankworth inspirada en el mejor jazz de la época que, al contrario de desconectar, nos introduce aun más profundamente en ese ambiente, rayando lo claustrofóbico, agudizado magistralmente por la repetición oportuna de la hermosa canción All Goneinterpretada por Cleo Laine y con letra de Pinter.

Así pues, les remito a esas dos frases de la que hablamos al comienzo, convencido de no haber errado esta vez y les abro gustoso la puerta, si es que deciden verla, a esta elegante historia, de seducción y manipulación, de oscuridad fascinante y sexualidad múltiple, de una de las más impresionantes intrigas psicológicas de la cinematografía internacional de todos los tiempos. Que la disfruten.

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