‘Cara de ángel’, la pasión convertida en obsesión enfermiza

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Un fotograma de la película 'Cara de ángel'

Un fotograma de la película ‘Cara de ángel’

Otto Preminger la rodó en 1952 con un extraordinario reparto encabezado por Jean Simmons y Robert Mitchum. Esta obra maestra, ‘Cara de ángel’, alerta frente a quienes entran en nuestras vidas, mentes y corazones con la fuerza de una arrebatadora pasión y se acaban convirtiendo en enfermizas y destructivas obsesiones.

En las relaciones personales ocurre como en la política. «La fiesta de la democracia», ese mantra que unos días después se convierte en el circo máximo, en el melodrama más intenso, en comedia absurda o en cine negro puro y duro, donde la necesidad de colocarse en primera línea nos convierte en dioses, y los medios de comunicación, cual mercurios contemporáneos sin excepción, al igual que la protagonista del filme de hoy, Diane, se llevan por delante a quien sea por conseguir su ansiado lugar, pero… quizás no sólo a su víctima.

Hay gente que entra en tu vida de golpe, por lo general no avisan, apenas piden permiso e intentan meter en tu cabeza que estuvieron ahí siempre, al menos parecen creerlo así.

Deshacerse de ellos, de esos vampiros mitómanos cuyas mentiras y acordonamiento llegan a hacerse insoportables no resulta fácil, es una ardua tarea. El chantaje emocional es siempre el chantaje más difícil de combatir y, aunque venzas y la liberación se haga realidad, siempre se tendrá enfrente a un derrotado cuya obcecación le hará creerse en deuda de agradecimiento. Puede incluso que se convierta en algo peor, en obsesión. «Si no es conmigo, con nadie». O en el ardor insoportable de la venganza, pasando de la maldición a la calumnia, del falso arrepentimiento al asesinato. Por algo somos humanos, de aquí el anterior paralelismo, desgraciadamente.

Y quizás eso llegó a pensar Frank, el protagonista de Cara de ángel (Angel face), dirigida en 1952 por Otto Preminger ) como un encargo de Howard Hughes para la RKO.

Antes que nada comunicarles que si no han visto esta película siento decirles que se hallan bajo un pecado, digamos, de importancia. Resuélvanlo cuanto antes.

Cara de Ángel se realiza en la etapa denominada por los estudiosos como cine negro tardío, justo antes de la desaparición paulatina de aquél que entendimos como cine negro clásico. Y como tal, no se priva de nada: la mujer fatal, el hombre deseado, la cabal enamorada, el erotismo subrayado, el juicio, la traición, los triángulos amorosos, las relaciones familiares más que dudosas y, cómo no, el asesinato. Y, sin embargo, todo en esta cinta es particular, nuevo.

Frank Jessup (Robert Mitchum), conductor de ambulancia, llega a la casa de Catherine Tremayne (Barbara O’Neil), víctima de una casi asfixia por gas. Catherine es una acaudalada mujer casada en segundas nupcias con un antiguo afamado escritor (Herbert Marshall). La policía hace sus pesquisas y, aunque pudiera parecer un intento de asesinato, por falta de pruebas contempla la tesis más lógica del accidente. Es en ese escenario, junto a un piano de cola, donde Frank conocerá a la extraña y fascinante Diane (Jean Simmons), hijastra de Catherine e hija del marido escritor. Cayendo bajo su hechizo y pese a su compromiso con Mary (Mona Freeman), Frank se verá tentado a ser contratado como conductor en la familia, enredado por los encantos y proposiciones de Diane, que le promete que con la ayuda de su madrastra -a la que ella odia- podría realizar su sueño de montar un taller especializado en coches deportivos. Convertidos en amantes, Diane manipula todo lo que puede a Frank haciéndole creer que su madrastra, Catherine, celosa por la complicidad que le une a su padre, trata de asesinarla. Pero pronto Frank comprenderá que todo es un engaño decidiendo romper con Diane y volver a recuperar a Mary. Sin embargo, la dulzura y las argucias emocionales de Diane le hacen cambiar de opinión, precipitándolo desde ese momento hacia un vacío irremontable.

Preminger, que había accedido a rodar la película en seis semanas, tal como le había pedido su amigo Howard Hughes, no veía con buenos ojos el guión escrito por Chester Erskine; así que Hughes, que necesitaba imperativamente hacer la película en ese tiempo establecido por razones de desavenencias con la joven Jean Simmons, le dio carta blanca para reestructurar lo que considerase oportuno en la historia. Así, de la mano de Oscar Millard y especialmente de Frank Nugent, guionista favorito de John Ford, comienza la reescritura. Hay quien dice que con la premura del comienzo de rodaje la preparación del mismo fue escasa y que muchas de las escenas fueron escritas durante la noche antes de su realización, incluso que la mano de Irving Wallace anduvo por ahí. Pocas películas pueden presumir de diálogos tan ajustados y perfectos, inteligentes, cargados de ironía, de sensualidad, de doble sentido y de erotismo, ásperos como puñales en ocasiones, pero siempre tan clarificadores como precisos. Si el espectador tiene el oído atento, no podrá decir que se perdió algo de la trama.

Este excelente noir de tintes freudianos, rodado con un presupuesto mediocre y en interiores en su gran mayoría, no desmerece en ningún momento al género, sino que lo innova y ennoblece. La policía es casi una figuración pasajera en el relato.

La magistral puesta en escena que lleva a cabo en la escasez Preminger, con primeros planos poderosos, sumido en la frialdad escrupulosa que oculta el fuego o la maestría incontestable en los escasos exteriores rodados, se ve reforzada por la perfecta interpretación de todos sus actores. Actores a la medida de sus personajes; tanto que sería injusto destacar alguno sobre los otros; quédense con el que más le ponga, todos pueden hacerlo.

La lección de interpretación de ese maravilloso elenco se mueve como pez en el agua dentro de los espléndidos diálogos, de la exquisita fotografía del gran Harry Stradling, que compone aquí una luz interior cuajada de sombras y significados, una sinfonía de matices para este concierto en blanco y negro. Un concierto presidido por ese piano, con partitura de Dimitri Tiomkin, testigo preferente del devenir de los diversos giros que la narración nos irá revelando.

Todo funciona en esta historia de pasión obsesiva. El juego aparente de los tres triángulos amorosos, las oscuras intenciones, la obsesión y el capricho que todo lo destruye y que todo lo consume. La mentira. Una película negra en que la mujer es la que gobierna y administra la acción. Lo femenino es inteligencia, capacidad buena o malvada que construye y que destruye a partes iguales el universo de los hombres, que no son aquí más que un mero objeto, por mucho que ellos contemplen su personalidad como irresistible.

Al fin y al cabo, simples pelotudos. Aunque contemplando la fascinante y algo, o quizás mucho, enfermiza personalidad de Diane -yo al menos no estoy seguro de si lo es o juega con ello-, no les será difícil comprender la forma en que ese armario que es Frank se deja embaucar hasta el punto de soportar el infierno. Porque ¿cómo estar seguro de amar o de que te ame una mujer como ella? Ese ángel-demonio, esa bruja cuyas apariciones te hacen desbarrar ante tus más fuertes principios.

Pero no busquen el amor romántico en esta película; no lo encontrarán, no, en ninguno de los personajes. Más bien puedan descubrir bajo esa frialdad dominante, un sentimiento más fuerte aún, más inconfesable: la soledad, el fracaso.

Ya ven, no pequen más y véanla, se sentirán reconfortados tras hacerlo y saber que no se perdieron un gran clásico. Y si por un casual se sienten identificados, aunque sea un poquito, un consejo: repítanse seriamente: ¡Salid de mi vida!

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