100 años de Simone Signoret. “El Gato” Devorados por el desamor, los celos y un minino.

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Un fotograma de 'Le Chat'

Un fotograma de ‘El gato’

El próximo día 24 de marzo de 2021 se cumplen 100 años del nacimiento de Simone Signoret, la gran dama francesa del cine, actriz internacional, grande y personalísima, recordada y admirada por partes iguales, necesariamente, por su arte interpretativo y sus grandes ojos verdes. Hoy la homenajeo con una de sus últimas y grandes películas, “El gato” Coprotagonizada por otro de los grandes del cine Galo, Jean Gabin. Vamos allá.

Érase una vez dos jóvenes, Clémence, una hermosa y enérgica trapecista, y Julien, un apuesto tipógrafo comprometido y luchador, que enamorados acabaron casándose y cobijando su virginal romance en una bonita casa en el corazón de un alegre suburbio de París. Veinticinco años más tarde, solos, sin hijos, la trapecista, que quedó coja al sufrir un accidente sobre las cuerdas, y el tipógrafo, ya jubilado y desencantado social y laboralmente, se han convertido en amargos compañeros, en enemigos acérrimos que soportándose casi sin rozarse, persisten en vivir juntos en aquella casa. Una casa que, como sus vidas, se ha transformado en una siniestra morada dentro de un hábitat amenazado por la demolición. Ruinas, ambos, de la selva inhóspita en que se ha convertido su barrio, antes fresco y hermoso, hoy infectado de grúas, ruidos, escombros y enormes edificios en construcción.

La relación comienza su último periplo sobre el precipicio el día en que Julien lleva a casa un gato callejero al que brinda todo su afecto. El animal acabará concentrando todo el resquemor y los celos de Clémence. La animadversión y el odio entre los antiguos amantes entrarán en erupción. No habrá hecho más que aflorar la naturaleza escondida y sus cruentos recovecos.

Le Chat (El Gato), dirigida en 1971 por Pierre Granier-Deferre, con Jean Gabin y Simone Signoret como protagonistas, basa su argumento en la adaptación de la novela del mismo título de Georges Simenon. Pierre Granier-Deferre fue probablemente uno de los más interesantes realizadores del llamado popular y en muchas ocasiones peyorativamente -sobre todo por los seguidores de la nueva ola- «nuevo cine de calidad francés», el de una serie de cineastas vinculados a la tradición cinematográfica francesa con ambiciones más o menos artísticas.

Con extraordinaria crueldad y realismo, Granier-Deferre elabora un filme dotado de la modernidad que muchos quisieron negarle. Una película sobre el amor y el desamor, sobre los celos, sobre el envejecimiento, en torno a los sueños perdidos, al despertar terrible y a la desilusión. Acerca de cómo la vida muchas veces conduce hacia la desesperación. Lo construye apoyado en tres personajes, dos extraordinarios y llenos de aristas, encarnados bajo las enormes actuaciones de Signoret y Gavin, y un tercero tan brioso como desgarrador, la transformación del paisaje urbano de los suburbios parisinos en los años 70, con su mensaje artificial sobre el desarrollo y la felicidad.

Fiel, si no en todos los aspectos, sí en lo que de inclemencia contiene la novela de Simenon, el realizador y su coguionista Pascal Jardin plasman sin artificios, directamente, la guerra silenciosa y amarga, inclemente, que el viejo matrimonio desarrolla en torno a ese gato, como un ejercicio casi macabro, por culpabilizar al otro de sus pérdidas, la de la pasión, la de la confianza y la del afecto, la de los sueños nunca cumplidos.

No sin poesía, se nos muestra los desgarradores procederes del matrimonio, el cansancio de Julien que le ha llevado hacia la negación de cualquier deseo, y la soledad y desesperación de Clémence, que espera seguir siendo amada como ella sigue amando mientras ahoga su sufrimiento entre tragos de alcohol. Dos monstruos golpeándose y destruyendo todo aquello que conforma su realidad, su entorno, como la clarividente metáfora que nos muestra Graniere-Deferre con las secuencias exteriores de grúas y máquinas demoledoras, derrumbando el paisaje que rodea la casa y el mundo del viejo matrimonio.

Le chat Year: 1971 Director: Pierre Granier-Deferre Simone Signoret, Jean Gabin

El silencio feroz del interior, que lo convierte aún más en una especie de universo perdido, de un mundo parado en el tiempo -subrayado por la música de Philippe Sarde– contrasta con la dureza, casi explosiva, del ruido exterior constante de los camiones merodeando la calle, el hogar, y el machacón estruendo de las máquinas labrando un futuro vertical e inhumano de la nueva periferia que atrapará a sus habitantes, con esa promesa fatua de acercarse al cielo.

Pero el miedo a la soledad es también parte de la existencia del particular matrimonio. Como su casa, sus vidas parecen haber sido encajonadas y aisladas frente al resto, que se percibe como extraño, casi diferente. La necesidad que, aun detestándola, se ha creado entre ellos, recuerda a un juego macabro del cual no pueden desprenderse y del que, cuando ninguna otra cosa parece existir, dependen los insignificantes momentos de sentirse vivo.

No se deja de tener suficiente compasión y cierta comprensión ante la patética existencia de aquellos que, como los protagonistas, no tuvieron suerte, los que no tuvieron nada salvo sueños y que ya nada tienen, con excepción del rencor y el resquemor. Inolvidable ese grito desesperado de Julien ante las palabras de odio escritas por él y guardadas por una Clémence aferrada a un último gesto romántico.

Les animo a adentrarse en la historia, dura, es cierto, pero también fascinante de Le Chat. La historia de una pareja más normal de lo deseado, carcomida por el tiempo, quebrada por la vida, cuya falta de anhelos llega a destruir, como los dientes de una excavadora, mordiendo el amor hasta masticarlo y engullirlo.

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