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    ‘Fuego en el cuerpo’ Un rojo ardor de sexo y codicia.

    ¡Qué calor, acabo de ducharme y ya estoy sudando! Seguro que cualquiera de ustedes ha pronunciado esa frase más de una vez en estos últimos días; yo también. ¿Cuánto tiempo hará que estas palabras se han convertido en algo tan cotidiano, en una frase de ascensor? Y, entre tanto, yo sigo sudando tras haberme duchado profusamente y repito, entre la ansiedad y el estrés que pueden producirme tales temperaturas incendiarias de asfaltos y cuerpos, de cerebros y bolsillos, la tan ya manida frase.

    Pero pasemos de profundizar en esas bagatelas y centrémonos en lo que condicionalmente nos concierne.

    Regresemos así a la frase del principio, que será la primera que ustedes escuchen al comienzo de la película que hoy ponemos sobre el tapete. Una frase tan corriente, como pueda parecer, y que nos coloca frente al escenario que evoca y provoca durante casi 108 minutos, en un rojo ardor de sexo y codicia, el extremo calor de un fuego, un Fuego en el cuerpo.

    Era en 1981 cuando el ya consagrado guionista Lawrence Kasdan (acababa de escribir, entre otras, El imperio contraataca y En busca del arca perdida), se arrojaba al abismo de la dirección, guionizando y realizando este intenso y destacable homenaje al género negro, quizás el género más seductor de todos. Y eso es, sin duda, Fuego en el Cuerpo (Body Heat).

    Para aquellos pocos, eso espero, que pertenezcan a los que aún no hayan visto esta película, les pongo en antecedentes. Ned Racine (William Hurt) es un abogado de Florida con una vida monótona dentro del estándar, suficientemente astuto para sobrevivir, y aunque sin tener conciencia de ello, algo asimplado. Pero todo cambiará en su vida cuando se cruce, durante una ola de calor insoportable en la ciudad, con Matty Walker (Kathleen Turner), una sofisticada y sensual mujer casada por la que beberá los vientos. Ned y Matty inician un romance, con el sexo como centro neurálgico de la relación, hasta que ella le convence de que su marido (Richard Crenna) entorpece su felicidad. Ned pronto cae en la cuenta de que Matty es la especie de mujer por la que un hombre sería capaz de matar. Así pues, hacen planes para quitarlo de en medio. Pero ¿saldrán los planes como se urdieron?

    Esta traslación del lenguaje cinematográfico propio de décadas anteriores a las calles y escenarios de Florida en los años ochenta, que bien podría haber terminado en una más de tantas parodias, transciende por su propia fuerza, más allá de sus conocidas inspiradoras. Porque aunque juegue con la contemporaneidad y el color, no se engañen, todo en esta historia impresa en celuloide se rige concienzudamente por las reglas más estrictas del código preciso y -¿por qué no?- precioso, del noir más auténtico, de la serie B más genuina y ambiciosa, del gran cine clásico.

    Dicen algunos expertos que las altas temperaturas provocan la generación de una hormona llamada luteinizante, responsable de que hombres y mujeres se vean a sí mismos más atractivos. Quizás es esto lo que le aconteció al pobre de Ned Racine haciéndole creer que es el iniciador de su excitante relación con Matty Walker y de los planes de futuro, asesinato incluido. Ya en su primer encuentro ella le deja caer: «No eres muy inteligente, ¿no?, me gusta eso en un hombre». Si esta frase no es digna del mejor noir, ustedes me dirán… Pero es tan sólo un ejemplo vago de los diálogos que pueblan el filme, diálogos a la altura de los grandes filmes negros de los 40 y 50.

    Fuego en el cuerpo es consciente de las fuentes que bebe, incontestable es la principal, Perdición, de Billy Wilder, con más o menos toques de El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett, e incluso pequeños tintes del Vértigo hitchcockniano, siendo una excepción tardía a la altura de sus inspiradoras.

    Su enrevesada trama desarrolla su planteamiento sobre el terrenal bajo fondo y las relaciones sórdidas que a veces atrapan y amenazan hasta las más apacibles existencias. Su atmósfera sensual y arrebatadora de la noche -¿qué es el cine negro sin ella?- y el calor goteante de un rojo fuego, creado por Kasdan bajo la extraordinaria y sensual atmósfera que sofoca los pensamientos y los cuerpos de los personajes, de sus vidas y de sus relaciones, no nos dejan escapar de la sensación de que es él, y no otra cosa, el que aviva el ansia, acelera el senso y estimula los actos de locura.

    Esta historia de obsesión a través del sexo no puede dejar de sorprender por lo que concierne a la filmación del mismo, tan adelantado en su momento. Kasdan lo consigue de manera sugestiva sin que nada resulte sórdido, pero no se dejen engañar, pues lo elocuente y sensual de aquellos apasionados encuentros son las manos. Manos que acarician, que tocan, que agarran, manos que más de una vez suplen con fuerza a las palabras, en una danza que eleva en temperatura la sensualidad de las gotas de sudor que recorren los cuerpos bajo el vapor insaciable de la lujuria. La planificación minuciosa y precisa hace de la cámara un testigo inigualable, un personaje más de la trama, cual voyeur privilegiado.

    Estupendo, pues, bajo mi modesto parecer, este notable pequeño filme, cuyos personajes bordan Hurt y Turner, acompañados por las excelencias interpretativas del siempre solvente Richard Crenna o las más que significativas, por sorprendentes en aquel momento, de Ted Danson o de un joven Mickey Rourke.

    Deliciosa y absorbente en sus giros, que no dejarán de atraparles hasta un final imposible de desvelar, tal y como Ned se dejará atrapar por Matty, esa belleza de voz ronca (en su versión original), un personaje femenino audaz e inteligente, que evita a la mujer como objetivo, como mera recompensa o comparsa para un galán, al que tanto nos tiene acostumbrados Hollywood. Un personaje tortuoso y laberíntico, desencadenante por iniciativa propia de todo cuanto haya de suceder.

    Unos desinhibidos William Hurt y Kat

    Sumérjanse así en otros calores, más allá de los secos 41 grados que quizá les esperen. Déjense llevar por su intriga y sus obsesiones. Disfruten de su color y su calor, de su extraordinaria banda sonora compuesta escrupulosamente a golpe de saxo por uno de los grandes, John Barry, inolvidable. Y, a poder ser, relájense y aprendan a no cometer los mismos errores que el pobre Ned, haciendo caso, quizá, a la advertencia de Oscar Wilde frente al peligro de obtener lo que se desea o a reflexionar sobre la máxima de Nietzsche: «lo que posees te posee”.

    Dense el gusto de contemplar este denominado neo-noir, que no es sino cine negro en estado puro y del que espero lleguen a disfrutar todos tanto como yo lo hice.

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