Lúcida, negra, terrorífica “El Cebo” Recolocando miedos infantiles

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Fotograma de la película "El Cebo"
Fotograma de la película “El Cebo”

 

“¿Dónde vas, Caperucita; dónde vas, tú, tan bonita?”. Ahora mismo no recuerdo si, de niño, dicha historia, narrada por la voz de mi madre o de mi abuela, me producía intriga o temor. Ya saben que la imaginación, el sueño de la razón, produce monstruos, y aunque, les juro, ¿qué no daría yo por tener siquiera la quincuagésima parte de la imaginación que rodeó mi infancia y mi entonces pequeña cabecita?, al menos la pérdida de esa cantidad alejó de mi mente millares de miedos, centenares de rompecabezas. Y, sin embargo, la película de hoy me produce esa antigua sensación de suspense, de temor, y me vuelve a colocar, ya no en sueños, frente a múltiples emociones, diversos dilemas, que espero les lleguen también a sus ojos más allá de la gozosa sensación de contemplar una estupenda obra cinematográfica de género.

Me refiero a El cebo (Es geschah am hellichten Tag, Sucedió a plena luz del día sería más o menos su traducción literal), película dirigida en 1958 por el húngaro afincado y más tarde nacionalizado en España László Vajda, o Ladislao Vajda, para nosotros.

Hagamos patria. La mayoría de los cinéfilos del Reino la colocan bajo el estandarte de película española, y no se equivocan, pues al entrar en coproducción los antiguos Estudios Chamartín con cierto capital y la participación en su elenco de una actriz española -no por olvidada menos interesante, María Rosa Salgado (y aquí un chisme: era por entonces la novia del director)-, están en su derecho, y por contrato, de adjudicarle la nacionalidad española, como supongo hicieron cumpliendo las reglas los funcionarios de Cultura de la época.

Española sí, pero también de nacionalidad alemana y suiza, rodada en dos cantones helvéticos cerca de Zúrich, hablada en alemán, interpretada en su gran mayoría por actores alemanes y con la participación del enorme actor franco-suizo Michel Simon. Digamos, pues, una coproducción europea, digna de los mejores convenios cinematográficos de La Unión, que tan anhelosamente hemos perseguido en las últimas décadas y que tan pocos buenos frutos nos han dado.

Si se preguntan el porqué de la cita del cuento de la niña de la caperuza roja que encabeza esta especie de disección -no me atrevo a llamarlo artículo-, escuchen algo de la historia:

Greta, una niña de un pequeño pueblo suizo, aparece asesinada en el bosque. Descubierta por un viejo vendedor ambulante (Michel Simon), inmediatamente todas las sospechas recaen sobre él. Sólo el comisario Mattei (Heinz Rühmann) pondrá en duda su culpabilidad, pero el caso es que llega el día de su partida de la comisaría y el cese de su cargo, dejándolo en manos de un compañero. La visita a la escuela de la niña, el descubrimiento de un dibujo realizado por ésta, la promesa hecha a los padres y el desenlace fatal del viejo vendedor le harán aplazar su viaje e investigar el caso por su cuenta y, a su, digamos, poco dogmática manera, utilizando a una madre soltera (María Rosa Salgado) y a su pequeña hija, Annemarie, como cebo.

No se preocupen, no les he metido ningún spoiler, al menos ninguno que no haya desvelado el título español.

Bueno, aunque pueda parecerles raro, nos encontramos ante una pequeña obra maestra, una de las primeras películas de asesino infantil en serie. Lúcida y negra, terrorífica en su historia, directa y cautivadora en su planteamiento. Podríamos incluso calificarla de hitchcockiana, si no fuera porque la fuente a la que tendríamos que agarrarnos del gran maestro del suspense sería Psicosis, que precisamente fue realizada dos años después de la cinta de Vajda (tampoco nos atreveremos a decir que la de Hitchcock bebiera de la que hoy nos ocupa, ¿o sí?). Júzguenlo ustedes.

No he leído la novela de Friedrich Dürrenmatt en la que se basa la historia -quien firma el guión junto a Vajda y Hans Jacoby-, pero el resultado, aunque dicen que no enteramente fiel, es extraordinario. Aquí se hace grande el dicho de menos es más. Sin florituras ni grandes artificios, mostrando lo estrictamente necesario y dejándonos imaginar cuanto de horrible es preciso para tan espeluznante historia. No se engañen, la planificación y el desarrollo de la trama son espléndidos: rodada en un hermoso blanco y negro, cuidada al máximo en los detalles, impregnada y deudora de un aire propio del mejor expresionismo alemán.

Su tratamiento la convierte, sin duda, en una de las cintas innovadoras en cuanto al género se refiere, asistiendo de bruces desde el primer fotograma al corazón argumental en el escenario al que volveremos una y otra vez, el bosque. El ritmo reflexivo y su cadencia melancólica no pesan, convirtiéndola en una emocionante mezcla de thriller y suspense teñido de espanto, que se desliza irremediablemente hacia un estudio psicológico maestro, a través de cada uno de sus personajes y tramas encauzadas magníficamente por el director.

Sí, en esencia es una investigación criminal, una actitud criminal sustentada en una obsesión, pero tanto el proceder de su indagación como las tramas que la rodean, los dilemas morales, los enfoques de justicia y sus procedimientos, pondrán al espectador frente a algo más profundo que un interesante caso policial.

Un fotograma de la película "El cebo"
Fotograma de la película “El cebo”

La música que acompaña a la historia, acorde con la época de su realización, es auténticamente descriptiva y no por ello menor en su composición, al servicio pleno de lo narrado, subrayando con maestría la acción. Los actores, perfectos en su ejecución; por algo eran considerados entonces como parte de los mejores actores alemanes, destacando el trabajo enorme, en su colaboración, del actor galo-suizo Michel Simon o del luego archiconocido por su papel de Goldfinger, Gert Fröbe, y, por supuesto, la extraordinaria madre-esposa, Berta Drews, que haría ponerse firme hasta a la esquelética mamá de Norman Bates.

Gocen de imágenes que se clavarán en su retina, de sensaciones quizá olvidadas de ansiedad o miedo a lo cercano, a gestos, a miradas, a manos. A la confianza y a la desconfianza, tan lejos, tan cerca y tan mal administradas.

No se lo piensen. Les animo a descubrir, redescubrir, esta obra maestra, a adentrarse en el bosque profundo de su mano, como lo hicieran en su momento de la de Perrault o los hermanos Grimm. Imbuirse en este cuento de ogros y madrastras castradoras, de pequeñas desobedientes y madres sufridoras, de pueblerinos de conciencias descuidadas, de cazadores salvadores, de Frankesteins y niñas junto al río…

Encuéntrense nuevamente, como espectadores contemporáneos, con la inmensa magia de un clásico que debería ocupar mejor lugar en nuestros carnets de baile cinematográficos.

¡Ah! Comentarles que en 2001 Sean Penn realizó una nueva versión de la novela de Dürrenmatt, esta vez, dicen, más fidedigna, El juramento, con Jack Nicholson encabezando un plantel de actorazos. Yo me quedo con la española; ustedes decidan.

 

Publicada en “Un viernes de cine” El Asombrario el 26.03.2015

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