“Nunca pasa nada” La engañosa cotidianidad que sólo puedes cambiar tú.

publicado en: Cine | 0
Menéalo
Fotografíe "Nunca pasa nada" de Juan Antonio Baeden
Fotograma de  “Nunca pasa nada” de Juan Antonio Bardem

 

“Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”. Con esta frase sintetizaba Heráclito la llamada paradoja de Teseo. Y bien, me pregunto si aunque el río y el hombre ya no sean los mismos -cómo decirlo sin ser un filósofo-, genéricamente, ¿el río y el hombre seguirán siendo un río y un hombre? Demasiado complicado. El caso es que si cada décima de segundo dejamos de ser lo mismo, ¿qué será lo que nos amarra a la costumbre, aunque ésta quede lejos de lo que por naturaleza nos puede llegar a parecer comprensible?

¿Dónde quedan el juicio, la autonomía, la libertad?

Hoy voy a recomendarles una película española, extrañamente olvidada y menospreciada en su momento, y digo extrañamente, aunque ustedes comprenderán, al menos eso espero, que no lo es tanto si después de verla la abstracción les consigue trasladar al momento en que transcurre la historia.

Me refiero a Nunca pasa nada, realizada en 1963 por el director Juan Antonio Bardem.

La historia tiene lugar en un pueblo español, donde, durante un viaje, una bella francesa (Corinne Marchand), vedette de una compañía de revista que ha sufrido un ataque de apendicitis, recala por casualidad para ser operada. Pero el doctor que atiende a tan peculiar paciente (Antonio Casas) se enamora de ella y trata de prolongar su convalecencia el mayor tiempo posible. Dicho proceder pondrá en funcionamiento la máquina de alerta en todo el pueblo, sacudido por tamaño acontecer, y colocará patas arriba la vida y los sentimientos de la esposa abnegada y sumisa (Julia Gutiérrez Caba) y del sensible y soñador profesor de francés de su hijo (Jean-Pierre Cassel).

Coproducida con Francia y sobre un guión escrito por el dramaturgo Alfonso Sastre junto a Bardem, se trata de una nueva incursión en la vida provinciana de la España de entonces, como ya hiciera el realizador anteriormente con la aclamada Calle Mayor. Si bien en este caso y aunque las lenguas, afiladas quizás por el régimen, le concedieran el sobrenombre de Calle menor, es una incursión más representativa y desesperanzadora de lo que significaba la profundidad de la sociedad patria por aquellos tiempos, y a mi humilde entender, tan grande como su obra anterior, e incluso, como en la opinión del propio autor, su mejor película. Cuestión de gustos.

La cinta nos muestra sin tapujos, excepto los que los personajes y sus vidas llevan implícitos, la infeliz y mísera clase media, centinela y rea a la vez de las apariencias, de la costumbre y la falsa moral. Esclava de los efectos tiránicos de principios arcaicos asentados en una sociedad vieja, paladín del machismo, el clasismo ignorante y de los prejuicios acomodaticios, pero al fin y al cabo castradores.

Miranda del Zarzal, así se llama el pueblo escenario de la historia, parece detenida en el tiempo, ni siquiera es capaz de comprender que algo puede avanzar. Sometida a la tortura constante del ruido y las luces de camiones que no paran de atravesarla por esa carretera que la cruza ajena e inmisericorde y que los moradores aceptan e introducen en su cotidianidad como parte de lo impuesto y por tanto necesario, sin darse siquiera cuenta de que por ella, igual que se llega, se puede marchar.

La vida de los vecinos, de pueblo quizás tan singular para nosotros, pero tan real hace tan sólo 50 años, da un vuelco turbulento en la aparente tranquila existencia de los protagonistas, que verán, como sujetos implicados, revolucionar su existencia, rasgando de par en par su engañosa cotidianidad, aflorando sus anhelos escondidos y reconociéndose en ellos de forma estremecedora. Los otros, el resto de pobladores, actuarán como guardianes y jueces de la inconfesa necesidad de la infelicidad del prójimo, campeones del cotilleo y la injerencia despiadada, puede que de la envidia disfrazada bajo unos principios de moralidad nacional católica.

Una pequeña sociedad en la que impera la cultura establecida e impuesta, que no deja mirar más allá de ella y que se enfrenta a dogmas por desaparecer, volviendo la cara, dando un paso atrás, no para coger impulso sino para volver a encauzar la senda sobre los pasos que temen haber perdido.

La asfixia de una tradición estatutaria y una sistemática religiosidad opresiva, la falta de calidad de la libertad y la cultura, coloca a los personajes frente a sí mismos, frente a aquello y aquellos que les rodean, simplemente al tener que enfrentarse, quizá por primera vez, a un personaje no tan diferente en lo esencial, ni siquiera mucho mejor moralmente que ellos, pero que sí carece del lastre, digamos que del cómodo sometimiento, y que por encima de todo, hace gala de la facultad sólita de la libertad.

Se atreve Bardem a reflejar tabúes anteriormente suavizados, si no excluidos en su totalidad, de nuestro cine, como eran la infidelidad consentida, la separación matrimonial, el machismo educacional o la ignorancia de un pueblo aislado e inculto, alter ego de la España total.

Rodada impecablemente en cinemascope, acentuada a través de planos largos y planos secuencias por los que se mueven los personajes ajustando un discurso íntimo, a veces claustrofóbico, que se apoya sin embargo en la libertad de espacio y movimiento. Actores que crean acertadas composiciones, destacando la de Julia Gutiérrez Caba, inmejorable en su papel de esposa engañada, prisionera de su circunstancia y carente de alternativas en su encarcelamiento conyugal, y con una banda sonora, musical y de efectos, que acompaña la historia como un personaje más, opresiva e invasora, melancólica la mayor de las veces, bajo un escenario lluvioso y frío de la ancha pero absorbente llanura castellana.

No cabe duda de que Juan Antonio Bardem fue uno de los representantes más importantes del cine social y realista del panorama cinematográfico español del siglo XX, construyendo en Nunca pasa nada una crítica sociológica feroz y no por ello menos fiel a la realidad del momento, tanto, que uno siente vergüenza al verla y tiene que sujetar parte de sus orgullos y vanidades, para no caer en la tentación de ignorar o negar que éramos así y aun peor, que quizás hoy en día sigamos siéndolo un poco, enmascarándolo bajo diferentes camuflajes.

Fotograma de "Nunca pasa nada"
Fotograma de “Nunca pasa nada”

Quizás fue esto lo que hizo que su estreno, dos años después de su presentación en el festival de Venecia, fuera un fracaso, seguramente auspiciado por las mentes estrechas de los dirigentes, como bien explica la frase despechada del entonces embajador de España en Roma durante su presentación en dicho festival: “Hace falta bastante tupé para atreverse a decir que en la España actual Nunca pasa nada”. De unos poderes obsesionados por exportar al mundo una visión engañosa del país, que si bien comenzaba a huir de la insondable miseria económica en la que había sucumbido, dejaba mucho que desear en materias tan necesarias de educación y libertad, referentes logrados hacía tiempo por nuestros vecinos europeos.

Merece la pena dedicarle una revisión a este trabajo cinematográfico; ya saben que nunca viene mal recordar. Ahora que buscamos, sin aparente remedio, empequeñecernos más, alejarnos del resto y ensimismarnos sólo en lo cercano, construir fronteras más pequeñas, olvidar al otro que presumimos diferente, alienarnos bajo una bandera o un mercado, no está de más aspirar a comprender de dónde venimos y qué necesario es pasar por encima de algo tan esclavizador como es someterse a la timorata inmovilidad de que nunca pase nada.

Bardem nos lo contó, démosle al menos esa oportunidad. Puede que lleguemos a esa conclusión oportuna de que nada cambia si no lo haces tú.

 

Publicada el 13/11/2014 en “Un viernes de cine” de la revista elasombrario.com

Dejar una opinión