‘Lacombe Lucien’, la escalofriante comodidad de ejercer el mal

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Fotograma de “Lacombe Lucien” de Louis Malle

 

“La revelación más sorprendente del derrumbamiento de Francia ha sido ésta de la indiferencia inhumana de las masas. Las ciudades no han tenido en ninguna otra época de la historia una expresión tan ferozmente egoísta, tan limitada a la satisfacción inmediata y estricta de los apetitos y las necesidades de cada cual”. Esto que leen aquí lo decía en 1940 el gran periodista y escritor español Manuel Chaves Nogales en su obra La agonía de Francia.

Para esta doble incursión de Un viernes de Cine en la búsqueda de identidad en la guerra, había elegido la película Lacombe Lucien, de Louis Malle, en contraposición a la película Europa, Europa, de la que hablamos en la anterior entrega de esta sección, hace dos semanas.
La providencia (o la puñetera casualidad, llámenlo como gusten) ha querido que el Nobel de Literatura de este año recaiga en el novelista y periodista francés Patrick Modiano, que es además el coguionista de la historia sobre la que hoy trato de hablarles.

Lacombe Lucien es dirigida en 1974 por el cineasta francés Louis Malle, una polémica cinta que trata sin censura el tema del colaboracionismo francés con los nazis durante la II Guerra Mundial.

Les cuento de qué va: En el verano de 1944, Lucien Lacombe (Pierre Blaise) es un joven de 17 años que vive en el suroeste de Francia, cuatro años después de la rendición francesa y a pocos días del desembarco aliado en la costa norte. Lucien es un granjero que trabaja como conserje en un hospicio de ancianos. Su padre está preso en Alemania y su madre se ha convertido en la amante del patrón, que es colaboracionista de los alemanes. Tras una visita a su madre en la granja y decidido a no volver al hospital donde trabaja, Lucien se acerca al líder local de la Resistencia y le pide unirse al Maqui. El líder, antiguo maestro de escuela de Lucien, lo rechaza con el argumento de que es demasiado joven (y probablemente también porque no es obviamente un muchacho con demasiadas luces). Despechado y más producto de la casualidad que de otra cosa, Lucien descubrirá que puede tener un sitio junto a la llamada policía alemana, la Milice (versión de la Francia de Vichy de la Gestapo), compuesta por franceses colaboradores. Lucien traicionará al maestro delatándolo por puro despecho y sin mucho remordimiento. Ha sido fácil. Seducido por el poder y el glamour aparente de su nueva posición, olvida pronto su antigua vida. La Gestapo también permite a Lucien ceder a sus deseos más impíos y sentir el poder que le otorga dicha pertenencia. Al mismo tiempo, el joven Lacombe conocerá a un sastre judío (Holger Löwenadler) y se enamorará de su hermosa hija, France (Aurore Clément), lo que incluso a él le obligará a cuestionar su verdadera identidad.

Los conocedores del cine de Malle sabrán que el cineasta (fallecido en 1995) no era un personaje que huyese de la controversia o del tan manido hoy en día políticamente correcto. Este director, formado en la nouvelle vague francesa, ya había dado cuenta de ello en películas como Ascensor para el cadalso, Los amantes o El fuego fatuo, y volvería a hacerlo en su etapa americana con La pequeña o Atlantic city, para regalarnos a su vuelta a Francia joyas como Adiós, muchachos.

Louis Malle pensó la película durante mucho tiempo, elaborando una historia apoyada en la investigación y en su propia experiencia para hablar de este periodo de la historia francesa, que estaba, digamos, si no oculto, sí maquillado u olvidado, poniendo en duda la versión oficial gaullista sobre el papel mayoritario de la Francia patriota y resistente frente a la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial, en especial desde julio de 1940, cuando el Parlamento francés votó plenos poderes al mariscal Pétain, y obligando con ello a la sociedad francesa, no sé por cuánto tiempo, a mirar hacia su propio pasado inmediato con los ojos limpios aunque dolorosos de la verdad.

Pero no hablemos de historia, no es lugar para meternos en farragosas interpretaciones; hablemos pues de lo que se nos muestra en la pantalla y saquemos nuestras propias consideraciones y reflexiones si las hubiera. Yo creo que sí, y muchas.
Desde el principio del proyecto, Malle pensó en Modiano como colaborador en la escritura de la historia; era un apasionado seguidor del escritor cuyas obras como La Place de l’Etoile y La Ronde de Nuit, abordaban sin tapujos el tema de la colaboración y habían dejado huella imborrable en el cineasta francés.

Juntos, Modiano y Malle diseñaron una historia que se sustenta en el, digamos, concepto acuñado por la filósofa alemana Hannah Arendt sobre La banalidad del mal, como bien afirmó el director, para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. Concepto que me trae a la mente esa sentencia latina de “Ignorantia legis neminem excusat” y las tarjetas black de Caja Madrid/Bankia, el caso Noos, etc…pero ése es otro tema, ruego me disculpen.

La película, considerada por muchos como una obra maestra, está realizada con rigor y sobriedad, dibujada a través de silencios y miradas arropadas a menudo con la presencia del primer plano, cuyo efecto sorprendente le confiere una intensidad y una complejidad asombrosas. Fotografiada por el gran Antonio Tonino Delli Colli (director de Fotografía asiduo en las producciones de Pasolini, Fellini o Leone) y acompañada, lejos de lo que se espera, por una banda sonora imbuida de la música del gran guitarrista de jazz Django Reinhardt. Los actores, no muy conocidos en el momento, alcanzan niveles de realidad inmejorables; todos ellos alrededor de un protagonista no profesional, Pierre Blaise, que, advierto, puede dejar en shock al espectador con su trabajo como el joven irreflexivo Lucien Lacombe. Desgraciadamente, Blaise falleció dos años después en un accidente.

Así pues, de la banalidad del mal y de otras muchas cosas nos habla Lacombe Lucien. Si bien de una manera distante, y que como en casi toda la filmografía de Louis Malle se aleja de establecer juicios morales, limitándose a contar una historia, cosa que no le impide derribar tabúes y mitos, de una manera directa, cruda, casi aséptica; una vía que no deja, sin embargo, de revolvernos los estómagos, los corazones y las lindas cabecitas, asentando la duda y el espanto de lo que nuestros congéneres y nosotros mismos seamos capaces de producirnos si no persistimos en desarrollar el pensamiento y la reflexión, y nos dejamos llevar únicamente por el azar o las circunstancias.

Lucien es un muchacho inmaduro, sin criterio propio, aunque no por ello del todo inocente. La comodidad que siente y que observa a su alrededor como colaborador que disfruta de ventajas junto a un grupo de, llamémosles, miserables fracasados que aprovechan su traición para desahogar sus resentimientos, y junto a los cuales es testigo directo y más tarde ejecutor de crímenes sin sentido, terribles y detestables, convierte el relato de esos días en los de la pérdida de inocencia. Una inocencia de la que acabamos dudando por la falta de razonamiento, y, debido a ello, de conciencia.

El imbécil es siempre el más manipulable y el gran caldo de cultivo de fascismos y otros ismos equiparables. La estupidez y la ignorancia acaban hiriendo, o al menos pueden hacerlo, sin arrepentimiento, desde el refugio del desconocimiento y la ambigüedad; y aunque, como le dice el sastre judío al joven Lucien, “es curioso, pero no puedo odiarte del todo”, no deja de ser un disparate, un crimen.

Lacombe Lucien fue acogida en Francia con gran polémica, periódicos como Le Monde la anunciaron como obra maestra, para, dos días después, declararla peligrosa. El Partido Comunista puso el grito en el cielo por mostrar a un obrero capaz de ser un traidor además de un asesino, y así infinidad de juicios paralelos, transversales y directos de los que el propio director se había alejado al rodar la historia. Pero esta gran bofetada a las conciencias y la memoria, valió en fin para que la hasta entonces solapada y silenciada historia de la Francia de Vichy saliese de su escondrijo y finalmente se pusiera en marcha la revisión del discurso oficial gaullista de aquellos días, y así tratar de comprender la toma de posición de la sociedad civil francesa ante la ocupación alemana.

Cartel francés de “Lacombe Lucien”.

Lacombe fue un éxito extraordinario en el resto del mundo, consiguiendo la nominación al Oscar como mejor película de habla no inglesa y en los premios Bafta, así como numerosos galardones para su guión y algunos de sus intérpretes.

Todo esto no sirvió para que Louis Malle no tuviera que autoexiliarse a Estados Unidos, y desarrollar allí su carrera durante años, hasta su maravillosa vuelta a Francia con la no menos maravillosa película Au revoir, les enfants.

Por su parte, Patrick Modiano permaneció en Francia y continuó reflexionando sobre la guerra en muchas de sus novelas, hasta tal punto que sólo hace unos días el Comité del Nobel de Literatura premiaba la obra del francés por el “arte de la memoria con el que ha evocado los más incomprensibles destinos humanos y ha destapado el mundo de la vida durante la ocupación”, señalando que sus obras se centran en “la memoria, el olvido, la identidad y la culpa”, tal como muestra esta implacable película que les sugerimos hoy.

 

Véanla si es que les hemos convencido y reflexionen sobre este relato; para mí, acusador de algo tan cruel para nuestra especie como el analfabetismo. Quizás se trate, ni más ni menos, de eso.

 

Publicada el 16/10/2014 en “Un viernes de cine” de la revista elasombrario.com

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