Hombre sin playa

publicado en: Cuaderno de campo | 3
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cofete

 

Soy un hombre sin playa. Carezco de mar. No sólo porque nací tierra adentro, sino porque al contrario que muchos no he logrado encontrar la mía. He conocido muchas, de todos los pelajes. Rocosas, cargadas de piedras arañando la carne, blandas y ardientes, en las que hundir el cuerpo proporciona sensaciones dispares, duras y frías como si caminase sobre la porcelana. Blancas como la nieve, negras como minas de carbón. De arenas finas, como fuente para medir el tiempo acristalándolo y de dunas impresionantes como las de desiertos interiores. De enormes acantilados pedregosos o manchadas de exuberante vegetación. De azules aguas en todas sus posibilidades o de verde esmeralda y hasta verde de oscuridad imposible. Sobrecargadas de edificios y sombrillas, plácidas junto a puertos salpicados de pequeñas embarcaciones. Playas desiertas o alejadas de casi todo, cercanas y ruidosas como sus chiringuitos alineados. Playas frías y familiares, calientes y exclusivas. Ganadas a la tierra, abiertas a los ríos, anchas como avenidas inmensas, estrechas como callejones medievales.

Cuando era niño tuve mi playa, no era más que un regato, adornado en sus pequeñas orillas de poleo, margaritas salvajes, alguna amapola y un membrillo taciturno. Una pequeña hendidura ondeante cubierta de agua que moría en un pozo hondo y fresco, pero que a mí se me hacía un océano inmenso. La adolescencia me hizo perderlo y desde entonces sólo un par de veces estuve a punto de creer haber encontrado de nuevo mi playa.

Una era una playa escondida tras un corredor verde, una cala de arena blanca natural, con forma de cocha y protegida por pequeños acantilados. La conocí allá en el norte, vacía, clandestina, casi no revelada. Lleva mi nombre o yo el suyo.

La otra fue en las islas, ya cerca de África. Kilómetros de arena dorada y agua salvaje, rodeada de montañas difíciles, lejana. Un paraíso virgen apenas roto por una extraña y mítica construcción y un minúsculo y antiguo cementerio a pie de playa, a escasos metros de la orilla.

Envidio a aquellos que tienen su playa, que de una forma u otra han conseguido pertenecerle o que les pertenezca. Envidio a aquellos que al pisar su arena, al sentir la humedad de sus aguas o el salino aliento de su brisa, la reconocen como suya. Yo quiero encontrar esa sensación al borde del agua, tener mi playa, sentirla mía. No necesito siquiera que sea de sal, ni que sea grandioso o inigualable. Reconozco el valor y la belleza de las playas dulces, de las riveras grandes y pequeñas. Tan sólo, deseo la sensación placentera de sentirme aferrado, identificado con un pedazo de agua y un pedazo de tierra. Sentirme de algún lugar, de algún lado.

Porque la inmensa mayoría necesitamos encontrar ese sitio donde la tierra y los hombres que nos rodean nos hagan sentirnos suyos, y ellos nuestros. Porque buscar el lugar donde encontrar la Paz del espíritu y del cuerpo no debería ser tan sólo una necesidad, sino un derecho. Porque estoy seguro de que como para mí, habrá alguna playa o algún otro lar,  más tierra adentro, donde todos aquellos que buscan, que huyen, que necesitan, puedan encontrar lo que anhelan, encontrarse, vida. Un lugar en el que dejarse apropiar y apropiarse.

Ni una playa más para llegar de donde se huye, ni una playa más para comprar el futuro incierto, ni una playa más para pedir auxilio, ni una playa más para implorar misericordia, ni una playa más para llegar y no poder salir, ni una playa más para morir.

Sueño a veces con mi playa, no recuerdo nunca cómo es, pero sé que es la mía. Voy a empezar a soñar con una playa para todos. Aunque sea la misma.

 

3 Respuestas

  1. Yo también añoro aquella playa…
    La encontraremos!

  2. […] Hombre sin playa […]

  3. Muy buena

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