“El Candidato” : doble discurso político y oportunismo

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Desde la aparición de los medios audiovisuales en la información, está descartado vivir, al menos informativamente hablando, lejos de la campaña política, del hecho electoral, del reclamo propagandístico.

Entiendo que muchos considerarán que en la actualidad se trata de una burda falacia entrelazar los términos de información y política, de ideas y campañas. Personalmente, creo que llevan razón.

Y El candidato es precisamente el título de la película de 1972, dirigida por Michael Ritchie y producida y protagonizada por Robert Redford. Bill McKay (Robert Redford) es un joven abogado laboralista californiano comprometido socialmente. Abordado por un astuto asesor político (Peter Boyle), es convencido por éste para postularse como senador en contra del titular republicano, un político “a la vieja usanza”, Crocker Jarmon (Don Porter). McKay es, además de un abogado honesto y un activista de izquierda, el hijo del popular ex gobernador John J. McKay (Melvyn Douglas). Convencido por Boyle de que no tiene nada que perder, ya que será claramente el perdedor y de que gracias a ello podrá libremente expresar sus ideas y proyectos contra la actual política de la retórica y el clientelismo, McKay decide de la mano Boyle, como jefe de campaña, entrar en la carrera por el Senado. Pero Boyle contrata a Allen Garfield, especialista en medios y empresario publicitario para dirigir la propaganda de la campaña electoral. La genuina preocupación de McKay por los desfavorecidos y su visión honesta de la política desencadenan una intención de voto inesperada. Parece que los ciudadanos ven en él una oportunidad para el cambio. A partir de entonces, sus asesores pondrán en marcha la maquinaria necesaria para que su candidato llegue lo más lejos posible, incluso a ganar, sin importar que ello tenga que alejarlos del discurso legítimo, del mundo y de la imagen original de su hombre. Ofreciéndolo así, en bandeja, al circo de la publicidad y la propaganda en los medios, dirigido principalmente por la televisión. El fin lo justifica.

El candidato es una mordaz sátira política, que hoy, en esta etapa de la historia donde la ximagen y la primera impresión lo son todo, suena tan actual como lo fue durante su estreno en los años setenta.

Parece ser que Redford se decidió a producir una película sobre el proceso electoral mientras observaba las convenciones políticas de 1968 y cómo las campañas se habían convertido en un circo. En un desfile televisivo y social para recaudar fondos, en un show programado, agresivo, rozando la estupidez a veces e incluso mezquino en su forma, pero anodino y carente de profundidad en su fondo. Esto último lo deduzco yo, tras el fin de la cinta y a tenor de lo vivido estos días.

Para ello, Redford como productor echó mano del guionista Jeremy Larner, un redactor de los discursos de Eugene McCarthy en su candidatura presidencial de 1968. Larner, que había acabado desilusionado por la campaña y había escrito un libro sobre ello, Nobody Knows (Nadie lo sabe), consiguió plasmar convincentemente los entresijos y las tinieblas del entramado de negociaciones y concesiones que conlleva una campaña electoral a la hora de colocar en el sillón al candidato. Jeremy Larner ganaría el Óscar al mejor guión.

El virus electoral, magistralmente diseñado por guionista, director y productor-actor, va dando forma al personaje y a los ideales que representa Mackay, un hombre implicado en el bienestar social y la igualdad racial y sexual, y cuyo ascenso acabará por convertirlo en casi una marioneta. Una marioneta, eso sí, convencida, al menos en principio, de que dejándose manejar por los mismos hilos que su contrincante, podrá conseguir el puesto desde el cual poner en marcha sus ideales de cambio e igualdad. Pero ¿cuál es el precio a pagar por ello, hasta dónde se trata de un engaño?

Ritchie nos muestra la transformación, la estrategia, la pequeñísima línea que diferencia unas campañas de otras. Y, más o menos y de perfil, el remordimiento del aprendiz de estrella de los medios, del alumno aplicado a la hora de desviar los asuntos comprometedores, de dejar aparcadas sus convicciones, aunque sea bajo la táctica de ese humor tan manido y aplaudido de la clase política por el que antes sentía desprecio. El no mojarse.

La maquinaria devora sin contemplación al hombre. No se pierdan la sutil secuencia en la que comprendemos que Mckay ha caído en las garras de sus asesores-defensores, aquella en la que se retrasa durante una reunión y le vemos llegar por los pasillos del hotel, precedido de una compromisaria admiradora, que ha intentado seducirle casi imperceptiblemente durante toda la película.

“Tú triunfarás Bill, tú y yo sabemos que es pura palabrería, pero la gente lo cree”, le dice un antiguo compañero laboralista, y McKay lo sabe, Mefistófeles ha triunfado, bienvenido al infierno.

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Se trata pues de una aguda crítica social magníficamente compuesta. Su puesta en escena, ágil y directa, atropellada incluso en imágenes cuando es necesario, casi fea en ocasiones, inflexible, la convierte en una mirada cruda y realista, comprometida e inquietante, deudora o hermana del gran documental, del que bebe tanto en lo conceptual como en lo físico, aportando secuencias en 16 mm o la improvisada cámara en mano.

Actores dirigidos con solvencia, el siempre perfecto Peter Boyle y Robert Redford en una de sus mejores interpretaciones se rodean de secundarios que parecen casi hechos para sus personajes.

El discurso, no quiero decir mensaje pues a algunos les molesta la expresión, de El Candidato es, en último término, deshumanizante y antidemocrático. ¿Elegimos a nuestros gobernantes como quien elige un detergente? Esto lo apuntaba ya Larner en la novela anteriormente mencionada.

Pero no sólo hallaremos en este extraño thriller la renuncia a unas ideas, conviviremos con la ambición de los más cercanos, el egoísmo de lo individual y la absurda necesidad de perder internamente para ganar frente a los otros.

Échenle un vistazo a esta película, olvidada por la gran mayoría, camuflada entre tanto cine sobre corrupción y política de serie, que es, sin embargo, una de las más fieles y comprometidas historias de denuncia sobre el doble discurso político y la alcahuetería oportunista. Tan contemporánea como entonces, al menos eso creo.

Después, quizás encuentren respuesta a la pregunta final: “¿Y ahora, qué?”

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