Cuentos de Reyes: ‘El Cuarto’

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Luces de Navidad. Foto: Martín Tebes / Flickr Creative Commons.
Luces de Navidad. Foto: Martín Tebes / Flickr Creative COmmons.

 

A quien quiera leerlo. A quien pueda entender encadenado entre estas letras el mensaje, la historia que no les han contado. A quien en este pequeño pergamino, si al fin lo han encontrado, consiga descifrar la esencia y la existencia de alguien como yo, el cuarto.

Pues cuatro son los elementos esenciales del universo, cuatro las estaciones de la naturaleza y cuatro los puntos cardinales, cuatro las fases lunares, las edades del hombre y sus extremidades. Cuatro los ríos del Edén. ¿Por qué omitir entonces que fuimos cuatro?

Yo nací en la hermosa Aksum, no lejos del cuerno de África y del Mar Rojo, exactamente treinta y dos años antes del extraño astro.

Ya desde mi infancia había sentido el arrebato casi lujurioso de aquellos puntos de luz que adornaban la bóveda inmensa de los cielos de África.

Mi padre, un gran sabio, había comprendido pronto que encontraría en mí a su mejor discípulo, y así, contraviniendo incluso la opinión de mi estricta madre, decidió dedicarme su tiempo, intenso y de costumbre alborotado, poniendo mi educación absoluta bajo su tutela. Él me mostró lo grandioso del universo, y todos los conocimientos, autoridad y secretos de su enorme sabiduría me fueron concedidos por su aun más grande generosidad.

Ya no estaba junto a mí, hacía al menos veinte lunas que su espíritu abandonó su viejo cuerpo, decidido con seguridad, a explorar más de cerca, sin el peso de sus huesos ni instrumentos, lo excepcional, lo asombroso.

Fue una noche abierta, de azul intenso, elegante, de extraordinaria claridad, brillante se diría. Observaba yo con emoción, la lenta pero próxima conjunción que Marte y Júpiter protagonizarían en fechas no muy lejanas. Calculaba en mi mente y guardaba en mi memoria, como se me había enseñado, los lapsos diminutos, casi imperceptibles, de tan lenta andadura. Había dejado en mi estancia, olvidada, la fuerte pluma de marabú negro con la cual podía escribir sin titubear en los papiros o en la arena fresca de aquella noche silenciosa. Y entonces sucedió. Incorporando mi cuerpo con la intención de recuperar la amada pluma que mi padre pusiera en mis manos a modo de herencia, la luz, intensa, punzante y ardorosa, cegó mis ojos y alumbró mi rostro encendiéndolo como lo hace la proximidad del hogar y de sus llamas.

No sabría de cierto si fueron dos o tres segundos, puede que tan solo uno. Caí de espaldas sobre la húmeda tierra y cuando pude contener mi ánimo, la divisé. Aquel hermoso fulgor rojo parecía ir apagándose hasta tintinear apenas y emitir un flujo luminoso algo más fuerte que el de sus compañeras en el espacio. Pero su color de un rojo sangre, intenso, rutilante, la hacía inconfundible ante el brillo amarillento del resto. De presto pude comprobar su fascinante desplazamiento, su indiscutible avanzar por el firmamento.

Aún después de todo este tiempo, no he alcanzado a comprender cómo supe, sin requerir un porqué si quiera, hacia dónde llevaría mi destino aquella desconcertante estrella y qué era lo que se esperaba de mí.

Así pues, abandoné mi casa y mis pertenencias, elegí mis sirvientes más leales y próximos, mis caballos más fuertes y ágiles, e hice incorporar a nuestro equipaje aquel pequeño saco de sal.

Supongo que mis conocimientos tuvieron algo que ver para partir en pos de su estela sin errar un pie el camino que asombrosamente nos marcara desde el cielo cada noche. Fue ya cerca del Mar Rojo, en el desierto y bajo una tormenta de arenas enérgicas, creyendo inminente el fin de tan extraña aventura y por ende de nuestra insignificante existencia, cuando al abrirse de nuevo los cielos, sorprendentemente, nos encontramos sin justificación alguna junto a los otros tres y sus pequeños séquitos, caminando a la par hacia aquello de lo que sin entenderlo habíamos sido avisados. Allí, unidos, hermanados por la sinrazón de un resplandor, estábamos los cuatro.

Fue mucho lo narrado, lo estudiado y discutido. Fueron muchos los silencios y las vacilaciones, mucho el tiempo y el camino. Atravesar desiertos y ciudades, avistar Judea, llegar a Jerusalén y más tarde a aquel pequeño pueblo donde el astro se detuvo para siempre sobre la cueva fría e inclemente.

Allí estuvimos los cuatro, contemplando aquella adolescente y a su hijo, ofreciendo nuestros presentes, el oro símbolo de Rey, el incienso símbolo de Dios, la mirra símbolo del Hombre y el pequeño saco que había cuidado como un tesoro siguiendo la enseñanza del Levítico para que en ninguna ofrenda faltase la sal. Entonces comprendí todo. Todo lo que habría de acontecer.

En el regreso ya en el momento de separarnos, los otros sabios me hicieron la pregunta:

– ¿Por qué sal?

Sonriendo alcé los hombros por respuesta.

Más adelante, ya en la soledad renovada del desierto, alcancé a susurrar dubitativamente: “Quizás Él sea la sal de la tierra”.

Yo estuve allí, fuimos cuatro y, aunque no deseo juzgar, no consigo comprender por qué mi presencia no cuenta. Ahora, mi paciente amigo, si llegaste hasta aquí, puede que tú sepas entenderlo y compartirlo.

Ésta es en fin mi Historia. Soy descendiente de la tribu perdida, huida tras la desaparición del templo de Nabucodonosor. Mi nombre es Adäy, como la flor del Meskel. Soy una mujer y yo soy el cuarto.

 

Publicado en El Asombrario el 5/01/2015

 

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