‘Chantaje en Broadway’: calumniad que algo quedará o la infame mentira.

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Fotograma de “Chantaje en Broadway”

 

Calumniad con audacia; siempre quedará algo” (Francis Bacon, De Dignitate et Argumentis Scientiarum).

La mentira, como bien saben, tiene muchas patas y, entre ellas, encontramos la difamación y la calumnia. Vivimos una época en la que dichas patas impregnan las horas de nuestro tiempo. En la política, en el trabajo, en el trato con el semejante, en el entretenimiento y lo que, aun es peor, en los medios de comunicación e información, supuestos pilares de la convivencia democrática y adalides imprescindibles para la justicia y la libertad.

Desgraciadamente, este hecho no es nuevo, si bien en nuestros días ocupa un puesto claro y preponderante en las relaciones sociales, laborales o de mercado y en la consecución de fama y poderes. Si no, díganme si una sociedad cuyo mayor entretenimiento consiste en sentarse a escuchar los cotilleos de vecindonas, las difamaciones o calumnias de fuentes atrincheradas en el anonimato de la envidia, la ambición o la venganza, que se dicen contrastadas pero nunca escrupulosamente medidas o comprobadas, iba a merecerse otra clase política u otros medios de información que los que nos rodean. De ello se nutren nuestros supuestos próceres, nuestra endogámica intelectualidad, nuestra clase periodística -desde la más autoproclamada innovadora o moderna a la más mediática y supuestamente independiente- al servicio de sus ombligos y hasta los famosos-illos que representan lo más laureado de nuestras conciencias y nuestra pobre educación.

No seré yo quien encuentre digna salida a tan tremenda cuestión, es cierto, pero, queridos cinéfilos, pongamos ese granillo de arena que nos libere durante unas horas del arduo dilema de no saber hacer nada. Y hagámoslo a través del asunto que nos ocupa y nos apasiona, el cine, las películas; quizás ellas nos ayuden, si no a cambiar o comprender, sí a comparar, a conocer.

Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success, 1957), la cinta de la que ocupa este espacio hoy, es un claro ejemplo. Dirigida por Alexander MacKendrick en 1957, el mismo que anteriormente -bajo el auspicio de los británicos estudios Ealing– nos proporcionó placeres tan grandes como El hombre del traje blanco o El quinteto de la muerte. Esta vez nos brinda un placer alejado de la comedia a través de la adaptación de una novela corta de Ernest Lehman, El dulce sabor del éxito, que da el título original a la película y cuyo guión llevó a cabo el propio Lehman junto al dramaturgo Clifford Odets, autor comprometido, cofundador en 1931 del famoso Group Theatre.

Burt Lancaster logró producirla contra viento y marea, reservándose el papel de personaje malvado supuestamente basado, o al menos en parte, en el influyente columnista de chismes de Broadway en los años treinta Walter Winchell, cuya enorme influencia había sido capaz de destrozar reputaciones.

Veamos la historia: El columnista estrella de The New York Globe, J.J. Hunsecker (Burt Lancaster), hombre tiránico y megalómano que disfruta del poder que le proporcionan los artículos de su columna diaria, Los ojos de Manhattan, y de su programa de radio, en los que juega sin remordimiento alguno con la vida de los demás, no acepta la relación amorosa de su joven hermana (Susan Harrison) -con la cual mantiene un sutil vínculo cercano a lo incestuoso- con un músico de jazz. Hunsecker pondrá todo su empeño en romper dicha relación, haciendo uso de su poder y ayudado por un joven ambicioso y falto de escrúpulos con tal de alcanzar la cima, el agente de prensa Sidney Falco (Tony Curtis). El resultado será dramático para todos.

Calificada como una de las grandes películas del llamado tardío cine negro, no encontrarán en esta pieza maestra pistolas, sangre, detectives, ladrones, persecuciones… Negra, negrísima, el armamento de sus personajes consiste, en cambio, en los imponentes diálogos y procederes que dejan traslucir la brutalidad de la avaricia, la violencia psicológica, la ambición más corrupta, la traición y el cinismo desmedido y narcisista o la concupiscencia de una sociedad que amenaza en la noche de la ciudad de la libertad. Diálogos corrosivos marca Odets, solventes, llenos de recursos y jerga, agudamente inteligentes y rápidos, que ofrecen una proyección del mundo de la prensa sensacionalista con sus chantajes, engaños, impudicia y proxenetismo moral y físico, y que es en esencia un asombroso estudio del carácter de individuos sin escrúpulos, repudiables, en el mundo artificioso del poder mediático, haciendo grande el proverbio de “No mata tan sólo el puñal del criminal. La lengua afilada también asesina”.

El director no rehuye ninguno de los oscuros trasfondos de la sociedad americana de la época, pisoteada por los poderes bajo leyes mordaza propias de otros regímenes- o no- , colocando a los ciudadanos contra los ciudadanos, como hicieron el mccarthismo y la caza de brujas y su proceso de acusaciones infundadas, denuncias y difamaciones, que acabaron en temidos interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser antiamericanas o comunistas; todo ello con la codicia de una policía servil y moralmente depravada. Un mundo en que el ciudadano tiene que vivir bajo el miedo al otro y la falta de libertad que ello conlleva. “Tengo la sensación de que todo lo que dice suena a amenaza” le dirá un reconocido senador al todopoderoso J.J. Hunsecker. Un mundo en el que hasta un simple romance no tiene cabida si el que mueve los hilos y vigila las almas no lo soporta.

MacKendrick nos invita a sumergirnos en un ambiente corrupto y sórdido, alrededor de la ciudad nocturna, mostrando lo más enfermizo de la noche bulliciosa y glamourosa de Manhattan. Repleta de negro y sombras, de la mano de una fotografía extraordinaria firmada por el maestro James Wong Howe, y rodada en las localizaciones y lugares reales en los que transcurre la historia, como el Club 21, el Elysian o la sala Morocco. Para todo ello, MacKendrick imprime un ritmo trepidante propio del thriller más auténtico, moviendo a sus personajes mayoritariamente en interiores de una manera magistral, sin casi dar respiro al pasar de uno a otro, de clubs de jazz a lujosos locales, de oficinas-apartamento a áticos de primera, de ventanillas de taxi a las de coche policía, de calles atestadas a callejones sin salida.

Cartel de “Chantaje en Broadway”

 

Cada secuencia, cada diálogo de esta espléndida película serían merecedores de un artículo, pero es mejor que sean ustedes quienes los descubran o redescubran, con todo el potencial de una mirada inocente dispuesta a disfrutar.

Elmer Bernstein pone la música a esta joya cinematográfica que, junto a la música de jazz del Chico Hamilton Quintet, no ofrece tregua, acercándonos más aún a la vorágine del distrito lúdico por antonomasia de Nueva York, Broadway.

Espléndidas las actuaciones del conjunto del cast, poniendo énfasis en los dos protagonistas, un Burt Lancaster perfecto en su papel de villano, corrupto y desasosegante columnista, y Tony Curtis en el que quizá sea el mejor papel de su carrera, el agente de prensa ambicioso, cobista, serpiente y buitre.

Si pueden, no pierdan oportunidad de ver esta magnífica obra que hoy en día es considerada un clásico y que, como tantas otras, fue denostada en su momento; intenten hacerlo en su versión original para no perderse la maestría de sus diálogos. Disfruten de un Noir en el que el jefe de los gánsteres no es tal, sino un periodista, pero cuyo disfraz no puede ocultar al capo. Les recordará a alguno de esos especímenes que sólo buscan la fama y el poder escudados en el patriotismo y el deber para con nosotros, uno de esos que, según dijo Orwell, “tienen como objetivo hacer que las mentiras suenen verdaderas”. ¿Les suena a algo?.

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