“El gran carnaval” Billy Wilder y la prensa, de plena actualidad

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Fotograma de “El gran carnaval”

 

Hay gente que “mataría” por un minuto de gloria, poder salir en cualquier medio de comunicación, es cierto. Pero igual de cierto es que la gran mayoría siente la presión y el agobio de los periodistas, reporteros de hoy en día, creedores de que el resto del mundo debe obligarse a desvelarles su opinión, sí o sí, bajo su posición soberbia y su desprecio cuando tu libertad decide no entrar en su juego. Si es así, solo encontrarás el desdén arrogante de lo que ese tipo de periodismo define internamente como falta de respeto hacia el poderoso “Cuarto Poder”  al que parece ser, cualquier individuo está obligado. Todos los poderes, en mayor o menor grado, adolecen de tal presunción, arrogancia. Algo que parece imitamos todos en las “intimidades”  de las redes.

¿Qué ha pasado con los refugiados que huyen de la guerra de Siria? ¿Qué ha pasado con la desaparición de los 43 estudiantes de Iguala, en México? ¿No tienen ya importancia los desahuciados en España? ¿Y el terremoto de Nepal? ¿En qué estado se encuentra la damnificada Sierra de Gata extremeña? ¿En qué punto están los afectados por las preferentes de Caja Madrid, y los implicados en la estafa? ¿Continúan los griegos al borde de la pobreza? ¿Sigue yendo gente a las puertas del restaurante Petite Camboye, las mismas a la que se desplazaron tantas estrellas de la comunicación y directores de informativos? ¿Cómo se está gobernando Cataluña estos días?

Como éstas, podríamos hacernos más de mil preguntas.

Sólo una más: ¿Nos las hacemos?

“Panem et circenses”. Juvenal.

Quién y cómo se decide la caducidad de una noticia, su repercusión mediática y el grado de sensacionalismo de la misma, es algo que muchos estudiosos indagan desde que la información existe, quizá desde los tiempos inmemoriales del comienzo de la comunicación humana, del interés.

Y es aquí donde llega uno de los grandes maestros del arte cinematográfico. El señor Billy Wilder, y con él un As en la manga, título original de la cinta de 1951 que hoy nos implica (Ace in The Hole), llamada aquí, con más crueldad, pero no menos precisión, El Gran Carnaval.

He aquí una de las denuncias más atrevidas de la cinematografía norteamericana, y tenía que ser Wilder con su primera película como productor y director quien se atreviera a ello.

Kirk Douglas interpreta a Chuck Tatum, un reportero sin escrúpulos en horas bajas, cuya conducta le ha valido varios despidos en grandes periódicos nacionales. Tatum consigue trabajo en un pequeño pueblo de Nuevo México, para un editor honesto, Jacob Q. Boot (Porter Hall), cuyo lema, bordado y enmarcado en su pequeña oficina, es “decir la verdad”. Después de un año de tedio, Chuck Tatum encuentra de repente su as en la manga, aprovechando la difícil situación de Leo Minosa (Richard Benedict), un modestísimo dueño de un pequeño restaurante-gasolinera en el desierto, atrapado bajo tierra en una antigua cueva de los pueblos nativos. Tatum manipulará al sheriff local (Ray Teal) y a Lorraine (Jan Sterling), la desilusionada esposa de Leo, para prolongar el rescate y así sacar tajada del suceso transformándolo en una noticia nacional que atraiga a multitudes y le catapulte a la fama periodística y a lo que ello conlleva.

Gran argumento, ¿no? Pues ahí donde lo ven es una historia inspirada en el caso real de Floyd Collins, atrapado y muerto en 1925 en el interior de una cueva del Parque Nacional de Mammoth Cave, en Kentucky.

Vídeo sobre la muerte de Floyd Collins

Quizá sea, como dice el protagonista de este carnaval, que “las malas noticias venden mejor, porque las buenas noticias no son noticia”.

Oscura en su exposición sobre el voraz apetito mediático norteamericano de la época, no da cabida a la empatía, pues el discurso confronta al espectador, sin remedio, no sólo contra el anti-héroe y su caída moral y existencial, sino de igual modo y con total claridad contra sí mismo, hacia la reflexión desoladora sobre la relevancia de un discurso no superado y de la culpabilidad personal de que ello suceda. Comprender de alguna manera que, finalmente, la búsqueda de la redención o la salvación cuando se acerca el abismo ni justifica ni redime. Incontestable es el ejercicio de Wilder sobre la degradación personal y comunitaria, tan desagradable de observar como de aceptar verse retratado.

“Nadie quiere gastarse cinco dólares para enterarse en el cine de que es un tipo miserable”, comentaría el director tras el estrepitoso fracaso en taquilla y la furiosa crítica de los medios estadounidenses que, como la revista Life, llegaron a pedir la deportación de Mr. Wilder, si bien es cierto que en Europa obtuvo cierto éxito y que en Venecia logró el premio especial del Jurado (¿era otra Europa?).

Un drama sórdido sobre la egolatría, la corrupción, el sensacionalismo, la falta de escrúpulos, la mafia en pequeñas y grandes estructuras, la ambición, la psicología morbosa de las multitudes y el inexorable fin de aquellos que, al apartarse de todo esto, son vistos y sentidos como perdedores. El borrego que sin sentido crítico puede que llevemos todos dentro.

Rodada en blanco y negro, Wilder compone una historia que alterna los espacios oscuros, pequeños, casi lastimeros de sus interiores, frente a los cegadores y claros exteriores, ardientes compañeros en el infierno. Apoyado en la lección interpretativa de un Douglas brillante y un conjunto de secundarios certeramente acordes a cada tipo de personaje, física e interpretativamente, haciendo hincapié en la vulgaridad monstruosa, de cuerpos y mentes, ansiosos ante los réditos unos, ante el morboso espectáculo del sufrimiento y la muerte los otros. Todos ellos poseídos de una otra manera por el apabullante poder, que, como una plaga, desentraña el sensacionalismo, que infecta y solo cura con el rápido olvido.

Como bien plantea su argumento, El Gran Carnaval deja también traslucir la capacidad de generar noticias que se alimentan mientras sea útil, para dejarlas morir irremediablemente cuando ya no interese comercialmente, como chismes de vecindonas. ¿Quién se acuerda ya de los circos montados con los hombres atrapados en la mina de Chile, de Marta o Gabriel, de las niñas de Alcasser en España o de la Plaza de la República parisina en Francia, tan reciente? “Es una buena historia de hoy. Mañana envolverán con ella el pescado”, señala Tatum ante su crónica periodística, del mismo modo que se envolverán los debates decisivos, las ausencias a los mismos y los millones de hashtags; no lo duden.

Si tienen oportunidad no dejen de acercarse a esta película en la que el Maestro Billy les empujará, una vez más, a hacerse algo más críticos, a plantearse la responsabilidad que todos tenemos ante los medios de comunicación, ante sus contenidos y su calidad. Quizá así podríamos librarnos de que, como en ella, tengan que volver a decirnos: “Se acabó el circo, vuelvan a sus casas”. Y volver a enrojecer de vergüenza.

 

2 Respuestas

  1. Totalmente de acuerdo Antonio, lo has expuesto de manera excelente y no quiero ser una apostilla a tus palabras. Sin embargo, tu comentario me da pié a plantearte el que debiera ser tu próximo tema de análisis: la caza de brujas actualmente en circulación en el mundo del espectáculo. Y con ello, y a riesgo de ser vilipendiado por ciertas feministas, me refiero al hecho de acusar sin pruebas y convertir las redes sociales en un juzgado que “vuelca” a ciertas empresas a dar las acusaciones por buenas, sin juicio alguno, y tomarse la justicia por su mano, vayan a pensar los anunciantes, clientes, etc…que son iguales que ellos. Me refiero a los casos de Kevin Spacey (“House of Cards”) o Jeffrey Tambor (“Transparent”), que han perdido sus empleos por acusaciones al día de hoy no demostradas delante de un juez y/o jurado. O el mismo Almodovar que, todos sabemos, tiene los suficientes enemigos como para que también le haya salpicado la marea “feminista”….
    Perdona el mitin Antonio, un abrazo.

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